Los Sueños del General

Por Rodrigo Acuña 

UNSWeetened Literary Journal 2007

Sub-priemo de prosas abiertas

    El viejo despertó luchando por respirar. Agua salada goteando de su frente, estaba desorientado y su boca seca ansiaba líquido. Después de varios minutos, con un ritmo delicado, se sentó en su cama para buscar sus pantuflas para ir al baño. A la edad de noventa su cuerpo había marchitado – de hecho estaba rancio – pero si uno observaba su cara, él todavía lucía como un hombre agradable el cual podría llenar las vidas de mucha gente como un cuidadoso abuelo.   

   “¿Y, te vas a preparar para desayunar conmigo o te vas a quedar ahí sentado como un viejo tonto?, dijo Lucía varios cuartos más allá. 

   “¡Cállate, estaré allí en un minuto!” el general regañó, mientras su ira subía pero rápidamente descendía una vez que el olor del café de su criada alcanzó su nariz. Ellos habían pasado tanto junto que sería falso decir que no había amor entre ellos. 

   Lucía siempre había complotado con él, simultáneamente jugando el papel de la esposa obediente, siempre dispensando a sus huéspedes con halagos de manera de aumentar las oportunidades de su esposo. Sus objetivos en la vida eran sencillos: tener “un matrimonio feliz”, “niños” y “dinero”, en grandes cantidades.

   La riqueza material era la verdadera medida del valor de una persona en su mundo. Ella una vez se lo había tenido que recordar al Tata cuando él, descuidadamente, no timó lo suficiente en un acuerdo mientras privatizaba otro sector de la economía. El general y la mesa de la cocina ambos absorbieron su rabia. En su opinión, tal falta de preocupación por lo “intereses” de ellos, aunque sólo momentáneamente, era equivalente a traición. Pero por ahora, aunque sus manos raramente habían conocido una sartén, era hora de desayunar y de actuar la buena esposa. 

   Hoy el general estaba malhumorado y caprichoso. Hojeando su periódico vio la foto de algunos de los actuales líderes de América Latina en una conferencia. Humildes caras blancas, marrones y negras miraban, lucían felices, siendo una reflexión de sus partidarios de varias tierras.

   “¡Otra vez lo mismo!” gritó en voz alta, “¡ese mono de Venezuela con el indio de Bolivia están firmando un nuevo acuerdo mientras esa mierda en la Habana se ríe!

    El general realmente nunca había tenido profundas convicciones ideológicas; el coup d’état siempre fue más para emborracharse con el poder. Continuando con sus viejas rabias era una manera de reafirmar así mismo que había hecho lo correcto, incluso noble.  

   “Si sólo esos bastardos de Washington me hubieran apoyado en mantenerme en el poder”, le dijo a Lucía, “¡esos indios ahora conocerían su lugar! … Ellos sólo te necesitan cuando eres útil pero después, igual que un condón, los gringos te tiran una vez que has protegido sus intereses… Hijos de puta”, él murmuró para sí mismo mientras recalcó en su mente su derrota, paso a paso, hasta su presente arresto domiciliario. Un par de horas más tarde, después de otra rutina cotidiana, él retorno a estos pensamientos antes de irse a la cama.    
* * * 
   Las matemáticas de la escena eran imposibles. Apretujados en dos metros cuadrados entre esas abultadas e inflexible paredes, él podía ver más de tres mil cuerpos, caras descompuestas, seres humanos dañados. El joven profesor con pelo de cobre, Manuel, que había emitido su voto porque no podía soportar más que los talentos de sus estudiantes se desperdiciaran, él estaba allí. También estaba Paola, una costurera mestiza que había sido atraída a ideas ridículas sobre vivir con dignidad y tener una opinión en cómo su sociedad debe funcionar. 

   En una vieja silla de madera, el general se sentaba inmóvil. Por lo que parecían horas, el silencio casi completo reinaba hasta que una tormenta de gritos comenzó, los gritos que sólo se hubieran podido emitir bajo horas de interrogatorio, descargas eléctricas y periodos de inconsciencia, interrumpidos por baldes de agua fría. En silencio, otros de la masa humana caminaban hacia el general mostrando sus heridas. Lentamente, un hombre cojeó adelante y elevó las manos quebradas de un cuerpo que había sido golpeado en varias ocasiones y acribillado a balazos. Abriendo su boca para cantar, el terror que lo consumió era insoportable una vez que se dio cuenta que su voz ya no podría expresar más su pasado humilde, sus ideas, su desafío. Con un salto violento, el general se dio vuelta sólo para encontrar a un niño descalzado que le escupió en la cara.

   Los cuerpos desfigurados, los gritos, los olores. Pero después estaban los perros que rodearon a esa gente desgraciada. No eran esos elegantes pastores alemanes de raza que sus tropas usaron para buscar enemigos políticos y que sus funcionarios de inteligencia incluso usaron para violar a mujeres. Éstos eran los desgraciados hambrientos – llenos de heridas y pulgas – que uno encuentra en cualquier barrio humilde en América Latina, el tipo que los circos pobres le pagan a los niños para que maten, y de manera, ir alimentando sus crecidos gatos.

   Como para vengar sus propias hambrientas e infectadas vidas, los perros ladraban en forma salvaje. Aquellos quienes sus amos habían sido muertos por las manos de los alcahuetes del general, se lanzaron con rabia para rasgar la carne de su cuerpo. Sofocando con angustia siguieron, botas, puñetes, gritos, agua podrida, sangre y heridas nauseabundas; su cuerpo pidiendo el alivio de la inconciencia que siempre se le negaba.

   A medida que las semanas se tornaban en meses, los sueños del general continuaron y empeoraron, hasta que un día inesperado, sus víctimas pararon y caminaron fuera de la celda. 
* * * 
   Diego Rodríguez estaba manejando su taxi y escuchando una cumbia barata cuando de repente anunciaron las noticias. Tomando una pausa por sólo un segundo, se dio vuelta a su pasajero y anunció en voz alta, “¡Bueno ahí lo tienes!  Todos los comunistas, verdes y maricones van a salir a las calles en unos minutos: ¿pero saben realmente lo que él hizo por este país?” Sin esperar a que su pasajero responda, Diego continuó hablando, repitiendo los argumentos que él había escuchado en la radio esa mañana y que él creía ser verdaderamente los suyos. Abruptamente cambiando para discutir el fútbol, continuó su incoherente y monótono diálogo hasta que su pasajero pagó la tarifa.     

   Satisfecho, hombre de ciudad, Diego tenía poco de que cachiporrearse.  Trabajando entre catorce y dieciséis horas por día en las calles de Santiago llenas de humo, él manejaba casi sin fin para pagar las cuentas de su humilde casa que él y su esposa habían construído en un pedazo de tierra barata.  Cuando llegaba a casa, Diego estaba muchas veces muy agotado para acariciar a su esposa, menos aún para hacer el amor. El trabajo, el alcohol y el fútbol eran su vida. 

   En casa, Valeria, la esposa de Diego, tenía una perspectiva diferente respecto a las noticias. Ella personalmente había conocido uno de ellos – los desaparecidos – pero planificaba, a pesar de su tristeza, juntarse con la mayoría de personas en su calle que en la noche celebrarían la muerte del chacal.

   Catalina, que siempre disfrutaba observando el triunfo del ingenio de su madre sobre la crudeza de su padre, de repente pregunto: “¿quiere que vaya a la tienda mamá, para comprar algo para la fiesta?”

     Sorprendida al principio por la percepción de su hija, Valeria rápidamente recordó que su niña de cinco años tenía una inteligencia poco común. Aun a su joven edad, Catalina ya había leído la mayoría de los libros de su deteriorada y pequeñita escuela, y su profesora muchas veces hacía visitas a la casa insistiendo, que juntas, ellas deberían encontrar la manera para mandar a Catalina a una escuela con más oportunidades. Quizás el futuro será diferente para ella pensaba Valeria, cuya propia educación le permitía leer y escribir a un nivel básico, pero no mucho más. 

   “Sí niña, anda a la tienda y compra tres panes de molde”, dijo Valeria.

   Catalina siempre lograba hacer una aventura de estos viajes a la tienda.

   Las tareas eran siempre demasiado fáciles pero la diversión estaba en las observaciones de su pequeña esquina del mundo, de su gente, de sus interacciones e idiosincrasias. 

   Hasta el momento, había mucho que ver pero en un instante de juego, ella decidió saltar en un charco.

   Satisfecha con su picardía, ella luego dio un paso atrás y sin querer su mirada se fijo en una pared con un póster de la nueva presidenta. Dándose cuenta que la nueva presidenta, de hecho, era una niñita como ella, Catalina comenzó reír un poquito nerviosa.   

   La imagen le parecía rara pero también muy adecuada. ¿Por qué la presidenta no podía ser una niñita como ella? Después de todo, ella pensó para si, yo soy la más lista en mi clase y yo uso un vestido. Deteniéndose brevemente por algunos segundos, ella contempló su postura y audazmente concluyó que sólo un tonto la cuestionaría. Inclinando su pequeñito cuerpo hacia delante, se limpió algo del barro que tenía en su chaqueta y fue saltando contenta.

   Si solamente el perro negro descuidado que vio todo esto hubiera podido hablar, él le hubiera dicho a Catalina que las decepciones vienen en todos los géneros, pero que la esperanza por mejores días es necesaria, de hecho, esencial para mantener la cordura. También hubiera mencionado algo sobre sacarse las pulgas y garrapatas que se montan sobre las espaldas de otros.